La mayor parte de lo que se pierde en un supermercado no lo roba un cliente: lo pierde la propia operación.
En el retail existe un término técnico que sorprende a quien no está en el rubro: pérdida desconocida. Es todo lo que falta entre lo que se compró y lo que efectivamente se vendió, sin una explicación clara. La seguridad en supermercados se ocupa, en gran parte, de reducir esa pérdida, que rara vez es solo un problema de robo externo.
De dónde viene realmente la pérdida
Los estudios del sector coinciden en un dato incómodo: buena parte de la pérdida desconocida es interna, ya sea por hurto de empleados, errores administrativos o procesos de recepción de mercadería mal controlados. Enfocar toda la seguridad hacia el cliente que entra desatiende, muchas veces, la fuente más grande del problema.
El hurto externo, la parte visible
Cámaras en puntos ciegos, dispositivos antihurto en productos de alto valor, personal de piso entrenado para detectar comportamientos y no solo para reponer góndolas. Son medidas necesarias, pero funcionan mejor cuando se combinan con un diseño de layout que reduce zonas sin visibilidad, más que cuando dependen solo de la tecnología.
Los procesos, el punto que más rinde
Control cruzado en la recepción de mercadería, rotación de quién maneja la caja y quién hace los arqueos, auditorías internas sorpresivas. Estas medidas de proceso, menos visibles que una cámara, suelen tener el mayor impacto en la reducción de la pérdida desconocida, precisamente porque atacan la parte que menos atención recibe.
Medir para poder mejorar
Un programa de prevención de pérdidas serio empieza por medir con precisión cuánto se está perdiendo y dónde, local por local, sección por sección. Sin esa medición, cualquier inversión en seguridad es una apuesta a ciegas. Con ella, cada peso invertido se puede dirigir exactamente a donde más está sangrando el negocio.



